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viernes, 28 de mayo de 2021

La medicina alopática y las otras medicinas - revista ciencias

 

Revista Ciencias


  Ruy Pérez Tamayo      

Creo que lo mejor será iniciar esta plática  señalando que el término alopatía significa, según el diccionario de la Real Academia Española, “Terapéutica cuyos medicamentos producen en el estado sano fenómenos diferentes de los que caracterizan las enfermedades en que se emplean”. La palabra fue construida con las raíces griegas allos, que significa otro, y pathos, que quiere decir sufrimiento o afección. Su inventor fue nadie menos que el famoso médico alemán Samuel Christian Friedrich Hahnemann, quien vivió de 1755 a 1843 y a quien se conoce como el padre de la homeopatía, en vista de que no sólo inventó el nombre sino también esa forma peculiar de ejercer la medicina. El mismo Diccionario de la Real Academia Española define el término homeopatía como: “Sistema curativo que aplica a las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas sustancias que, en mayores cantidades producirían al hombre sano síntomas iguales o parecidos a los que se trata de combatir”. Hahnemann basó su sistema terapéutico homeopático en el principio latino Similia similibus curandur, o sea que los síntomas (pues él rechazó la existencia de enfermedades) deberían ser tratados con drogas cuyo efecto fuera desencadenar en el sujeto sano los mismos síntomas, pero más intensos; de esa manera, el malestar inducido artificialmente desplazaría a las molestias espontáneas. Para contrastar su homeopatía con el sistema médico científico, Hahnemann señaló que la alopatía sigue la máxima Contraria contraris, puesto que escoge para administrar drogas que en sujetos sanos producen síntomas diferentes a los que manifiesta el paciente. Naturalmente, eso era (y sigue siendo) completamente falso; los médicos alópatas nunca han seleccionado sus elementos terapéuticos sobre esa base tan absurda. Pero así fue como se bautizó a la medicina no homeopática, y como la tradición siempre ha sido más fuerte que la lógica, el nombrecito pegó.

Sin embargo, yo me he referido a la medicina alopática como el sistema médico científico, lo que requiere una aclaración. La medicina es tan antigua como el hombre, aunque la enfermedad es todavía más antigua, como lo atestiguan los fósiles de dinosaurios y otros animales que precedieron al ser humano en su aparición sobre la Tierra. Pero desde que el primer Homo sapiens se sintió enfermo y buscó ayuda para sus molestias en otro Homo sapiens, se inició el desarrollo de la medicina. Los comienzos deben haber sido totalmente empíricos, basados en intentos torpes y muchos errores, frecuentemente trágicos. Pero a lo largo de miles de años, poco a poco se fueron acumulando una serie de observaciones prácticas y de creencias sobrenaturales que constituyen las bases de lo que hoy conocemos como medicina primitiva. El pensamiento primitivo es fundamentalmente mágico-religioso; sus profundas raíces se nutren de una de las características más específicamente humanas, que es nuestra incapacidad para vivir en la incertidumbre. Desde tiempo inmemorial, el hombre ha reaccionado siempre de la misma manera frente a lo que ignora o desconoce: inventando la explicación. Cuando el mundo era joven, la fracción de él que era conocida por nuestros antepasados humanoides era todavía menor que la que pretendemos conocer en estos días, y además ellos todavía no contaban con la historia escrita, que desde su inicio nos permitió enriquecemos progresivamente de manera casi continua e ininterrumpida. En esas condiciones, es fácil entender que nuestros más remotos antepasados dieran rienda suelta a su imaginación y construyeran su concepto de la realidad con 5% de elementos objetivos y 95% de componentes sobrenaturales. En forma simplista, pero no por ello totalmente equivocada, podemos decir que el progreso de la humanidad a través de toda su historia puede concebirse como la sustitución, lenta y dolorosa, pero implacable, de nuestros mitos y supersticiones más queridas, por el conocimiento objetivo de la realidad.

Lo anterior era necesario como prólogo al tema central de esta plática, que puedo resumir de la manera siguiente: dadas las características del ser humano, así como las condiciones de su desarrollo y crecimiento histórico, es natural que en distintos tiempos hayan surgido diferentes formas de pensamiento médico. También es explicable que medicinas distintas, aunque racionalmente incompatibles entre sí; hayan coexistido y sigan coexistiendo hasta nuestros días. Todavía estamos muy lejos (por fortuna, pienso yo) del día en que de verdad seamos sujetos completamente razonables. Pero me interesa subrayar que el reconocimiento de la coexistencia de distintas medicinas en nuestro tiempo está muy lejos de concederles a todas la misma credibilidad, eficiencia y racionalidad. En mi opinión, sólo una de todas las medicinas contemporáneas es objetivamente válida: me refiero a la medicina científica. Además, postulo que todas las otras medicinas sólo sirven en la medida en que cumplen con los principios de la medicina científica. El resto de esta plática está dedicado a explicar lo que entiendo por ese portento, por esa maravillosa creación del intelecto humano que se conoce como la medicina científica.          

Lo primero que debe señalarse es que la ciencia estableció un parteaguas entre la medicina anterior o su irrupción en el mundo del pensamiento y la que se generó bajo su sombra. Para usos prácticos, la medicina científica empieza en 1543, con la publicación del famoso libro De Fabrica, de Andreas Vesalio. Este volumen es un texto de anatomía humana, escrito por un jovenzuelo de 27 años de edad y bellísimamente ilustrado, quien en ese libro se dio el lujo de renovar una actitud antigua pero ya olvidada frente al mundo real: hasta esas tiempos, el conocimiento sobre la naturaleza debía buscarse no en la realidad sino en los libros autorizados por la Santa Madre Iglesia. Se daba el caso de que un anatomista, disecando el cadáver de algún ajusticiado, se encontraba con una estructura no descrita (o descrita en forma radicalmente distinta) por Galeno. La conclusión era obvia: el que estaba equivocado era el cadáver. En esa época la realidad aceptable por las autoridades debía coincidir con las Sagradas Escrituras y con los textos compatibles con ellas. Vesalio cambió de juez para legitimar sus observaciones: en el lugar de los Evangelistas colocó a la naturaleza.                              

Cuando se habla de las diferentes medicinas generalmente se hace referencia a unas cuantas, tres o cuatro, como la brujería, la herbolaria, la homeopatía, la quiropráctica y la ciencia cristiana. Pero en realidad son muchas más, y a través de la historia ha habido muchísimas, aunque la mayoría han tenido una vida relativamente breve. Para ilustrar este punto me voy a permitir leerles una lista incompleta de las medicinas que coexistían en Alemania a mediados del siglo pasado: “Metafísicos, Idealistas, Iatromecánicos, Fisiólogos experimentales, Filósofos naturales, Místicos, Magnetizadores, Exorcistas, Galénicos, Homúnculos Paracelsianos modernos, Stahlianos, Humoralistas, Gastricistas, Infartistas, Broussaistas, Contraestimulistas, Historiadores Naturales, Fisiatristas, Patólogos Idealistas, Teósofos Germano-Cristianos, Epígonos Schoenlenianos, Pseudoschoenlenianos, Homeobióticos, Homeópatas, Isópatas, Alópatas Homeopáticos, Psoristas, Scoristas, Hidroporistas, Hambergerianos, Heinrothianos, Sachsianos, Kieserianos, Hegelianos, Morisonianos, Frenólogos, Iatroestadígrafos, etc.”. Como mencioné antes, la lista es incompleta y podría haber sido mucho más larga, si en lugar de haber usado los diferentes conceptos de enfermedades para distinguirlas, el autor hubiera basado su clasificación en las distintas medidas terapéuticas recomendadas por cada escuela.

Todas las medicinas tienen los mismos tres objetivos; conservar la salud, aliviar o curar la enfermedad, y evitar la muerte prematura. Pero también comparten otras tres funciones, naturales y características del ser humano: el efecto benéfico de una relación médico­paciente satisfactoria, la tendencia natural del organismo a resistir agresiones y a regresar al atado de salud (la antiguamente llamada vis medicatrix natura), y la influencia favorable e inespecífica que se agrega a casi cualquier tipo de acción terapéutica que se lleve a cabo, conocida con el nombre de “efecto placebo”. Como estas tres funciones son suficientes para explicar la mayoría de los ejemplos de “curas maravillosas” que generalmente se usan para demostrar la validez de diferentes tipos de medicinas, veámoslas con más detalle. El impacto positivo que tiene la figura del médico (o mago, brujo, comadre, yerbero, niño Fidencio, etc.) sobre el paciente se conoce desde tiempo inmemorial; en muchos casos su autoridad y sabiduría se subrayan con ropas o disfraces ad-hoc, como la bata blanca, la máscara o las patas de conejo amarradas al cinturón, y con la exhibición de símbolos relevantes, como el título y otros diplomas colgados en las paredes del consultorio, los dibujos en la arena en el piso de la choza del mago, o la imagen del santito con sus velas prendidas en el cuarto del brujo. Es muy común que en la sala de espera, los pacientes se conforten unos a otros comentando que el doctor les inspira mucha “confianza”, y sólo en casos muy graves el enfermo siempre se siente mejor cuando ha visto al médico. Este efecto psicológico resulta de la interacción entre el que necesita ayuda y la busca y el que la ofrece y la proporciona, al margen de la estructura de pensamiento en que ocurra el encuentro y la naturaleza de las acciones resultantes. Si el sujeto que busca ayuda cree que va a encontrarla en un contexto determinado y este contexto se da, la encuentra, o sea que el resultado es psicológicamente positivo. Todo el mundo sabe que el contacto entre dos seres humanos mutuamente bien intencionados es reconfortante, sobre todo para aquel que busca y necesita confort. Es la base del buen trato entre sujetos civilizadas, de la amistad y del amor, y es también la base de la relación médico-paciente, que alguna vez el Maestro Ignacio Chávez llamó “una confianza frente a una conciencia”.

 La segunda función que comparten todas las medicinas es la conocida desde hace muchos años como vis medicatrix natura. Este latinajo se refiere a la tendencia de todos los organismos vivos a la autoconservación, basada en mecanismos fisiológicos genéticamente determinados, muchos de ellos razonablemente bien conocidos en la actualidad. Mencionaré dos ejemplos: 1) Muchas características de nuestra fisiología, como la frecuencia cardíaca o el nivel de glucosa en la sangre, se mantienen constantes dentro de límites relativamente estrechos, a pesar de que existan grandes variaciones en el medio ambiente. Tal constancia no es accidental, sino debida a mecanismos nerviosos y endócrinos de regulación cuyo conjunto se conoce con el nombre de homeostasis. Cuando estos mecanismos fallan se producen síntomas o enfermedades, pero los mecanismos no han desaparecido sino que siguen ahí, todavía funcionando en la buena dirección pero sin lograr corregir el desperfecto. Con cierta frecuencia el problema es solamente de tiempo, que una vez transcurrido el defecto se corrige y el sujeto vuelve a la normalidad; cuando esto ocurre, no importa qué tipo de medicina se está utilizando (siempre que no interfiera con el proceso), el enfermo se cura.        

La tercera función que comparten todas las medicinas es el efecto “placebo”, que seguramente incluye elementos de las dos funciones anteriores pero también algo más, y es la que se conoce menos bien. Imaginemos tres enfermos con fiebre elevada, de 40°C uno de los cuales recibe aspirina, otro sal, y el otro nada; el resultado es que al que recibió aspirina se le quitó la fiebre y tiene 37°C, al que no le dimos nada sigue igual, con 40°C pero al que le dimos sal le bajo la fiebre a 38°C. Como ya mencioné antes, este efecto benéfico es inespecífico (la sal no es un antipirético, como sí lo es la aspirina) de modo que también puede observarse con chiqueadores de papa, con infusión de cabellos de elote, con pastillas de piel molida de víbora, o con cualquier otra cosa que no tenga influencia fisiológica sobre la temperatura del cuerpo humano.             

Me he extendido en las tres funciones anteriores porque son comunes a todas las medicinas, en vista de que no dependen de ellas sino de la interacción humana. Pero ya es tiempo que señale las diferencias que, en mi opinión, separan de manera irreconciliable a la medicina científica de todas las demás. Creo que pueden resumirse en las siguientes tres:    

1) La medicina científica es la única que tiene conciencia de su inmensa ignorancia y de su correspondiente impotencia para enfrentarse a muchos de los problemas más graves de salud que afectan al hombre, como muchas formas de cáncer, muchas enfermedades degenerativas cerebrales y vasculares, las lesiones que afectan la función del sistema nervioso central, ciertas anomalías genéticas, etc. Al hacerse científica, esta variedad de la medicina aceptó la postura filosófica de la ciencia, que distingue entre lo que se sabe, lo que se cree y lo que no se sabe; aceptó los criterios objetivos para definir lo que se sabe: aceptó el análisis riguroso de los hechos y su separación clara de las creencias, corazonadas, imaginaciones, sueños; mentiras, y todas las otras formas que el hombre usa para relacionarse con su realidad; aceptó que la verdad se encuentra fuera de nosotros y que es independiente de nuestros deseos; y aceptó que no es posible imponerle al mundo una realidad distinta a la que posee, ni aún por medio de la autoridad más bien intencionada o poderosa. En cambio, las medicinas no científicas no tienen estas dificultades, la ignorancia no forma parte de su bagaje. Hay remedios para todos los problemas, hay medicinas para todas las enfermedades, hay rezos y encantamientos para todas las molestias. Incluso hay yerbas que sirven para la diabetes, la gota, el sarampión y el flujo, o bien otras que curan enfermedades de las articulaciones y de las vías nerviosas y urinarias; hay rituales que sirven para recuperar el alma, cuando se ha perdido como consecuencia de un “susto”; y naturalmente hay todas esas cosas y muchas otras más, como inyecciones de sangre de chivo, caldo de piel de víbora, semillas de durazno, sesiones con los espíritus, vacunas hechas con testículos de toro, rezos a San Miguelito, etc., contra el cáncer. Todo este inmenso carnaval terapéutico no muestra agujeros, no contiene excepciones; el médico no científico se enfrenta a todas las enfermedades y a todos los síntomas, tiene uno o más remedios que son buenos para combatirlos a todos.

2) La medicina científica es la única que ha cambiado con el tiempo, que ha progresado, que se ha ido enriqueciendo con los descubrimientos hechos científicamente. En cambio, todas las demás medicinas han surgido completas, establecidas y terminadas; cualquier intento de modificar hasta el detalle más insignificante se recibe como herejía y hace fracasar todo el procedimiento. Las indicaciones para la preparación de los medicamentos dadas por Hahnemann eran intocables; sus libros fueron equiparados a las Sagradas Escrituras y, posteriormente, al Capital de Marx. Los rituales de los brujos que “chupan” las enfermedades o que hacen “curas” de maleficios o de males de ojos no están sujetos al método experimental y no pueden cambiarse, en vista de que han sido establecidos para siempre por poderes sobrenaturales.

3) La medicina científica no es la única que cumple con los objetivos de la medicina, que fueron enumerados como conservar la salud, aliviar o curar la enfermedad, y evitar la muerte prematura; otras medicinas también lo logran. Pero la medicina científica es la única que, cuando cumple tales objetivos, lo hace sabiendo por qué, o sabiendo que no sabe por qué. En otras palabras, la medicina científica es la única que se interesa por conocer los mecanismos de los fenómenos que observa y por generar explicaciones verificables de ellos. En cambio, las otras medicinas operan en otra u otras dimensiones: en primer lugar, no explican nada porque no tienen nada qué explicar, en vista de que las cosas, simplemente, son así: en otros casos (la herbolaria, la frenología) se trata de dar explicaciones ad hoc, como que “las flores de calabaza son buenas para el cólico renal”, o que “la frente amplia es signo de inteligencia”; finalmente, se echa mando de la fe (el niño Fidencio, los científicos cristianos) uno de cuyos oráculos dijo Credo qui absurdum.

Quiero terminar esta breve discusión refiriéndome a un punto que con frecuencia surge en discusiones sobre el valor de las distintas medicinas, y en especial con la herbolaria. Se dice que nuestros abuelos indígenas habían desarrollado un extenso catálogo de plantas medicinales, y que este catálogo se perdió en gran parte durante la conquista; también se dice que hay una riqueza potencial de fármacos escondida en la botánica mexicana y que debemos descubrirla y explotarla; y también se dice (como prueba de lo anterior) que la medicina herbolaria mexicana que se practica en la actualidad es muy eficiente y que si no fuera por los médicos yerberos la salud de millones de mexicanos sería mucho peor. Todos estos pronunciamientos son expresiones de buena fe, pero los que los hacen realidad no saben si lo que dicen es cierto o no. Es posible que nuestros ancestros indígenas hayan tenido conocimientos profundos de farmacología y toxicología, pero si los documentos se perdieron durante el encuentro de los dos mundos ¿cómo lo saben? La verdad es que no lo saben, sino que se lo imaginan, con más o menos buenas bases; yo también creo que nuestros ancestros indígenas habían acumulado una gran cantidad de datos, pero ignoro cuántos de esos “datos” era reales y cuántos eran imaginarios o simplemente equivocados. La riqueza farmacológica potencial de nuestras plantas es también intuitiva, y yo coincido en esta creencia, pero me parece que no hay ninguna razón para que lo mismo no sea posible de las plantas de Canadá, de Vietnam o de las Islas Malvinas; la capacidad de contención de sustancias útiles en medicina no depende de que sean mexicanas, sino de que son plantas. Además, una cosa es la capacidad potencial y otra es la realidad: antes de cantar victoria, las plantas llamadas medicinales deben someterse a un riguroso estudio químico y farmacológico, con todas las reglas de los análisis científicos, y si resulta que sí existen principios útiles en medicina, qué bueno, pero si resulta que no existen tales principios, ni modo. Finalmente, la opinión de que la medicina herbolaria está contribuyendo de manera positiva a la salud de los mexicanos que la usan, por encima de lo que podría esperarse si descontamos los tres factores inespecíficos mencionados antes (la influencia psicológica de la autoridad, la vis medicatix natura y el efecto placebo), es una pura expresión de fe, en vista de que no hay control, o sea que no sabemos qué estaría pasando con la salud de los usuarios en ausencia de esa medicina.

Quiero concluir con una observación que podría parecer cínica, pero que sólo pretende ser realista. No deseo dejar la impresión de que yo pienso que hay dos clases de medicina, la científica, que es la buena, y todas las demás, que no sirven para casi nada. Mi opinión personal es que todas las medicinas, incluyendo a la científica, a las tradicionales, a las marginadas y a todas las demás, son bastante malitas. Todas provienen de la misma necesidad humana de buscar ayuda y de proporcionarla, todas intentan hacerlo, y todas (no con granes diferencias) lo logran. Pero también en mi opinión, la única que conoce sus enormes deficiencias y que posee la capacidad para progresar, es la medicina científica.



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Llega la botica de Santa Hildegarda. Se publica en España el «manual» de la monja mística

 

Llega la botica de Santa Hildegarda


Se publica en España el «manual» de la monja mística que ha dado origen a una corriente de medicina alternativa


Actualizado:03/06/2014 


«En el año 1141, cuando tenía 42 años y siete meses, una luz centelleante bajó del cielo, atravesó mi cerebro y penetró en mi corazón y mi pecho convirtiéndolos en una llama que no quemaba, sino que calentaba como el sol calienta aquello sobre lo que derrama sus rayos».

Son palabras escritas hace más de ochos siglos por Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179). Nacida en el seno de familia señorial en la pequeña ciudad de Alzey, en el suroeste de Alemania, la monja mística, declarada Doctora de la Iglesia en 2012, fue la precursora de un tipo de medicina alternativa que ha hecho escuela en Alemania y otros países europeos como Francia.

Las enseñanzas de la monja mística llegan ahora al mercado editorial en español de mano de «Manual de Medicina de Santa Hildegarda» (editorial LibrosLibres), escrito por los doctores Wighard Strehlow y Gottfried Hertzka, ambos seguidores y difusores de la medicina alternativa de Hildegarda, y traducido y editado en castellano por Juan Antonio Timor.

Strehkow, químico y bioquímico de formación con larga experiencia laboral en la industria farmacéutica, dirige actualmente una clínica homeopática a orillas del lago de Costanza, en la frontera entre Alemania y Suiza. Strehlow recibió las enseñanzas de Hildegarda de manos de su mentor, el doctor Gottfried Hertzka, fallecido en 1997.

El difusor de sus enseñanzas

Hertzka, médico de formación, fue el primero en traducir al alemán la obra de Hildegarda, transmitida de generación en generación en latín, el idioma original de los textos de la monja.

El objetivo de Hertzka fue difundir mundialmente las recetas de la religiosa, así como aunar medicina y teología en una sola práctica curativa. Desde el fallecimiento de Hertzka en 1997, es Strehlow quien dirige la asociación que lleva el nombre de mística alemana.

Según la traducción del doctor Hertzka, las enseñanzas de Hildegarda indican que la verdadera curación debe tener lugar en cuatro niveles diferentes: el físico, el psíquico, el natural y el divino. Para ello, el ser humano necesita una buena alimentación, una buena salud mental (a través de la influencia sobre 35 pares de factores antagónicos, es decir, vicios-virtudes), un equilibrio de los cuatro elementos (tierra, agua, aire y fuego, que influyen sobre el cuerpo) y la armonía con Dios (lo que la escuela de Hildegarda llama «curación cósmica»).

Algunos de los consejos concretos del manual escrito por Strehkow y Hertzka para una mejor salud son el consumo de la espelta (una especie de trigo, el mejor alimento posible, según la monja), el uso de un cojincito de hierba betónica para un sueño reparador y libre de pesadillas, o el uso de baños, saunas, compresas o frotamientos con distintas preparaciones para eliminar las toxinas que el ser humano va acumulando a lo largo de la vida.

«El arte de curar de santa Hildegarda es, ante todo, preventivo», apunta la versión en castellano de «Manual de Medicina de Santa Hildegarda».

Críticas en Alemania

La medicina alternativa de Hildegarda no ha escapado a las críticas en Alemania, donde, según una encuesta del Instituto Forsa, alrededor de un 3 por ciento de la población reconocía seguir las enseñanzas de la monja mística en 2004. Médicos e historiadores critican la interpretación que Strehkow y Hertzka hacen de los escritos de Santa Hildegarda (cuyos textos originales no se conservan) y de sus métodos curativos medievales.

Por ejemplo, Axel Helmstädter, profesor de Historia de la farmacia en la Universidad de Marburgo, escribe: «Hertzka und Strehlow siguen un planteamiento profundamente comercial, mientras sugieren que las recomendaciones médicas de Hildegarda tienen un origen divino. Algo que no puede ser, porque los textos médicos de Hildegarda no descansan sobre sus experiencias visionarias, sino sobre sus tratados religiosos».


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jueves, 27 de mayo de 2021

Hipócrates: ¿El padre de la medicina? - Dr. Jorge González Hernández

 

Hipócrates: ¿El padre de la medicina?


Hipócrates: ¿El padre de la medicina?

Dr. Jorge González Hernández

Profesor de Neurología

Pontificia Universidad Católica de Chile


¿Por qué pensar en Hipócrates como el “padre” de la medicina? ¿Es que no hubo medicina antes de él? ¿Es que él la inventó?

Indudablemente la medicina es tan antigua como lo es el hombre, e incluso tal vez más. Aparece cuando un ser sensible intenta ayudar a otro que está sufriendo, actitud que podemos observar, incluso, en muchos animales. Esa es la esencia del acto médico, la ayuda a un ser sufriente. Todos somos médicos en potencia pero, como en todas las actividades, el desarrollo de la cultura ha traído consigo la especialización, necesaria de acuerdo a la acumulación del conocimiento y la adquisición de destrezas específicas.

Sin embargo, el concepto de salud y enfermedad y el enfoque diagnóstico, terapéutico y ético de la medicina ha sufrido notables cambios en el transcurso de la historia. No es igual el pensamiento médico actual que el de hace tres mil años, ni siquiera es igual en todas las actuales culturas. Entonces: ¿Cuál es el hijo de Hipócrates?

Son escasos los antecedentes biográficos que la historia ha conservado. Hipócrates nació en Cos, isla del Egeo, hacia el año 460 aC. Su padre, Heráclides, fue médico y posiblemente lo inició en este arte. Emparentado con Asclepios, el antiguo dios de la medicina griega, ejerció su arte en la isla de Cos y en muchos otros lugares del mediterráneo, incluyendo Atenas, Egipto, Macedonia y Asia Menor.

Alcanzó inmensa fama como médico, fundando una escuela que perduró por siglos. Murió en Larissa a la edad de 100 años aproximadamente.

La compilación de sus enseñanzas, agrupadas en el “Corpus Hippocraticum”, se ha conservado gracias a la famosa biblioteca de Alejandría, fundada en el s. III aC, donde los manuscritos fueron copiados, corregidos y guardados. Actualmente sabemos que estos textos fueron escritos por diferentes autores y en diferentes épocas. Incluso es dudoso el origen del famoso “Juramento Hipocrático”, que algunos investigadores atribuyen a los pitagóricos. Por lo tanto cuando nos referimos a las Enseñanzas Hipocráticas, más que hacerlo a un personaje en particular, lo hacemos a todo un movimiento intelectual, filosófico y práctico que se desarrolló en la antigua Grecia y que marcó notablemente el ulterior desarrollo de la medicina occidental.

Para comprender el gran aporte de Hipócrates a nuestra cultura, debemos situarnos en la época prehipócrática. Un mundo marcado por la mitología, la superstición y las creencias mágico-religiosas. Los dioses y demonios juegan un rol fundamental en la comprensión de los fenómenos naturales, entre ellos, la salud y enfermedad. Los sacerdotes, intermediarios entre la divinidad y el hombre, son los administradores de la curación, que se lleva a cabo en los grandes templos de Apolo y Asclepios. La clase sacerdotal y la enfermedad se apoyan mutuamente. El estado de sufrimiento genera, en el enfermo, el momento propicio de búsqueda espiritual y el logro de la curación en el templo, refuerza la creencia en sus dioses. Existe abundante evidencia de que efectivamente muchos pacientes se mejoraban con estas técnicas. Recordemos que el cuerpo tiene una gran capacidad autocurativa y que la sugestión puede obrar maravillas.

Fuera de los templos tenemos además, una infinidad de charlatanes y oportunistas, de distintas tendencias, intentando ganarse la vida a costa del sufrimiento del enfermo. Era común el uso de espectaculares tratamientos que, fuera del impacto teatral, no aportaban ningún beneficio. En muchas ocasiones los tratamientos eran más nocivos que la misma enfermedad (sangrías, purgantes, emetizantes). No era raro que los médicos usaran su conocimiento en complicidad para abortos u homicidios.

Es en este ambiente donde surge la genialidad griega, encabezada por grandes filósofos como Demócrito, Sócrates, Platón o Aristóteles, muchos de ellos contemporáneos a Hipócrates. Se destaca la valoración del hombre por sobre sus creencias y dogmas y su capacidad para comprender la naturaleza haciendo uso de la razón y la experiencia sensorial. Se desarrolla el diálogo intelectual y el método de observación y clasificación de los fenómenos naturales. Se entiende la naturaleza como regulada por leyes inteligibles y no por los caprichos de los dioses. Todo esto, unido a un profundo espíritu docente, lleva a la formación de numerosas escuelas filosóficas y a la copiosa redacción de escritos que en gran número han perdurado hasta nuestros días.

Las antiguas ideas estaban en crisis y la medicina requería también un cambio desde sus cimientos, tanto en sus aspectos conceptuales, como en los prácticos y éticos. La historia ha señalado a Hipócrates como el símbolo de estos cambios.

Desde el punto de vista conceptual, Hipócrates entendió la enfermedad como un fenómeno natural, con causas ambientales y físicas, susceptibles de ser comprendidas. Por ejemplo, refiriéndose a la epilepsia, refiere:

“En relación a la enfermedad llamada sagrada, la situación es ésta: a mí no me parece en absoluto más divina que las demás, sino que tiene la misma naturaleza que las otras y la misma causa de la que cada una deriva”.

No deja de reconocer, Hipócrates, a la divinidad como sustrato de todo lo existente, pero es una divinidad inteligible, que se manifiesta en la naturaleza y sus leyes.

En la historia de cualquier enfermo hay un pasado, un presente y un futuro. A este último, es decir el pronóstico, le otorga Hipócrates una importancia fundamental. El médico debe ser capaz de predecir el curso que seguirá la enfermedad con la mayor exactitud posible.

Para poder predecir con éxito es necesario conocer el pasado del paciente a través de una detallada historia clínica, que considere sus hábitos, inclinaciones, enfermedades previas, aspectos psicológicos y cualquier otro dato de interés. El estado presente se evalúa con un minucioso examen, en que el médico utiliza todos sus sentidos y que, además del paciente, incluye el entorno. De la historia, el examen, el conocimiento y el entendimiento del médico surgirá el diagnóstico, cuya finalidad principal es el pronóstico:

“En cuanto a las predicciones brillantes y teatrales se extraen del diagnóstico que prevee por qué vía, de qué manera y en qué tiempo cada enfermedad acabará, sea que se vuelva hacia la curación, sea que se vuelva hacia la incurabilidad”

Hipócrates destaca el hecho de que siempre es mejor prevenir las enfermedades, de ahí la necesidad de que el médico no sólo esté presente cuando aparece la dolencia sino que permanentemente fomente la conservación de la salud:

“Más vale prevenir que curar”

Respecto al tratamiento, destaca el concepto de la “Vis Medicatrix Naturae”, es decir, el poder curativo de la naturaleza y el propio cuerpo. El médico debe colaborar con esta fuerza para devolver la salud al enfermo.

Es también, en este sentido, que insiste en la importancia del “no daño”:

“Tener en las enfermedades dos cosas presentes: ser útil o al menos no perjudicar”

Dado que existe esta capacidad natural de la autocuración, muchas veces el médico sólo debe limitarse a hacer un diagnóstico y pronóstico acertados y proporcionar las condiciones ambientales adecuadas para que la sanidad se realice. Sin embargo, en el afán de sobresalir o mostrar que se está haciendo algo, puede suceder que los médicos incurran en tratamientos innecesarios con efectos colaterales, a veces, catastróficos. Hipócrates llama con insistencia a evitar la parafernalia y curar de la forma más simple posible:

“Obtener la curación de la parte enferma es lo que en medicina prevalece sobre lo demás; pero si se puede alcanzar este fín de varias maneras, hay que escoger la que comporta menos ostentación: esta es la regla propia del honor y del arte para quien no aspire a una vulgar falsificación”.

La dietética es la base de la terapéutica hipocrática para todas las enfermedades y necesaria para la aplicación de otras intervenciones como la fisioterapia, kinesioterapia, farmacoterapia y cirugía:

“Que la dieta sea tu alimento y el alimento tu medicina”

Para Hipócrates la medicina es un arte, en el que el médico debe perfeccionarse durante toda la vida:

Sin duda cuando el arte exige un grado tal de exactitud, es difícil alcanzar siempre la precisión perfecta”

Cualquier filósofo que aspire a conocer al hombre en toda su plenitud debe ser médico, en caso contrario sólo será un teórico:

“Para tener algún conocimiento preciso sobre la naturaleza, no hay en absoluto otra fuente que la medicina, y que solamente después de haber abrazado la medicina misma en todo su conjunto y según sus reglas es posible aprender a fondo este objeto, es decir esta ciencia que consiste en saber exactamente qué es el hombre, las causas que lo producen y todo el resto”

Desde el punto de vista moral el Juramento Hipocrático es un verdadero código de ética destinado a resguardar  el quehacer profesional y especialmente el prestigio del médico y de su profesión.

En él destaca la importancia del secreto médico, el respeto a la vida humana en todas sus etapas, la lealtad al enfermo, el respeto por sus maestros y la necesidad de llevar una vida virtuosa y piadosa:

“Así pues, si doy cumplimiento a este juramento, sin falta, que se me conceda disfrutar de la vida y de mi arte en medio de la consideración de todos los hombres hasta el último día; pero si lo violo y me vuelvo perjuro, que me suceda todo lo contrario”



El perfil del ideal de médico hipocrático sería: reflexivo, estudioso, objetivo, piadoso, virtuoso, filósofo, líder, sobrio, abnegado, minucioso, discreto, diestro, respetuoso de la naturaleza y su divinidad y, por sobre todo, con un importante sentimiento de “amor al arte y amor al hombre”.

Estos ideales, aunque plenamente vigentes, se encuentran seriamente amenazados en nuestra civilización, especialmente por el materialismo imperante. Dentro de los factores involucrados en este deterioro están:

1) La influencia de la industria farmacéutica sobre las normas y conocimientos médicos. Estas son empresas que mueven enormes cantidades de dinero y que financian proyectos de investigación, congresos, instituciones médicas, revistas científicas, etc. El resultado es una pérdida de objetividad tanto en la educación como el ejercicio de la medicina, en que se privilegia la píldora por sobre otras terapias, que por su inocuidad, deberían ser previas o concomitantes a la farmacología. Ej: dietética, kinesioterapia, psicoterapia o fisioterapia. Lamentablemente, las actuales escuelas de medicina le otorgan escaso énfasis a estos conocimientos y la mayoría de los médicos no poseen la información ni destrezas suficientes en estas materias.

2) Las políticas estatales en que, al menos para la salud del adulto, se privilegia la curación por sobre la prevención. Por ejemplo, es evidente que es más barato y eficiente desmotivar el consumo de cigarrillos que desarrollar centros de atención para enfisema pulmonar o enfermedad coronaria, sin embargo, estamos rodeados de publicidad que motiva este hábito, con un ingenuo mensaje que recuerda que puede producir cáncer.

Por otra parte, en un intento de masificar el acto médico, se exige, como marcador de eficiencia, la brevedad en la atención a cada paciente. Esto se traduce en una consulta rápida y superficial, enfocada al órgano y no al enfermo en su totalidad y en la que se intenta suplir la escueta entrevista y examen físico, con pruebas de laboratorio o radiológicas onerosas, excesivas e incluso potencialmente peligrosas. Se afecta notoriamente la relación médico-paciente, trasformándose más bien en una relación de suspicacia que de ayuda.

3) El excesivo afán de lucro de algunos profesionales médicos, lo cual no es extraño en nuestra sociedad consumista. Esto se traduce en el cobro poco transparente de prestaciones, la realización de intervenciones innecesarias, el recibo de porcentajes o regalos por solicitud de exámenes o prescripción de medicamentos específicos y otras prácticas reñidas con la ética médica.

6) La irrupción, probablemente consecuencia de los puntos anteriores, de gran cantidad de charlatanes y terapias alternativas a la medicina científica, de dudosa eficacia y también con claros fines de lucro. Cabe recordar que la medicina está abierta a cualquier tipo de tratamiento, siempre que este sea demostrado útil a través de estudios objetivos. No basta que la terapia tenga una lógica, además debe ser eficaz.

Dicen que la historia es cíclica y hoy nos enfrentamos a muchos problemas que también lo fueron en la antigüedad. Necesitamos con urgencia un Hipócrates para restaurar nuestra medicina.












Bibliografía

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6- http://medscape.elmundo.es/medscape/2001/09/12/. Las revistas biomédicas tratan de limitar el control de la industria farmacéutica.

7- http://medscape.elmundo.es. Investigadores y patrocinadores: una relación difícil. (N Eng J Med 2002; 347:1335-41)

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